11/07/2026 Revista Noticias - Nota - Clases Magistrales - Pag. 43

Materia / Psicoanálisis
La mutación posmoderna
Omar Mosquera
El rechazo de cualquier forma de límite o autoridad es esencial a la subjetividad de estos tiempos. En ella, un mandato de goce absoluto e inmediato suplanta a la postergación del deseo y una voracidad infinita alimenta la insatisfacción permanente.

E l propósito de la siguiente exposición consiste en señalar algunos aspectos de la subjetividad de la época, considerados en el marco de una lectura clínica de la posmodernidad.
El problema es de tal magnitud y complejidad que involucra cuestiones históricas, políticas, económicas y éticas y, por tanto, aquí sólo podremos hacer puntuaciones sumarias. En buena medida, planteo hipótesis y argumentaciones que considero con mayor amplitud en algunos de mis libros: "El superyó productivo", donde hago un análisis de los cambios generados en la instancia cultural y sus consecuencias en nuestro tiempo; "La cultura como objeto del psicoanálisis", donde estudio la cuestión desde la perspectiva freudiana, la constitución de la subjetividad y la teoría psicoanalítica, y "La cultura por el síntoma", donde me ocupo de hacer una lectura clínica de la posmodernidad, en el marco de lo que algunos autores proponen como una mutación tecno-antropológica en curso.
Desde nuestro enfoque, podemos decir que todo cambio histórico relevante compromete la subjetividad, porque responde a una nueva forma de organizar el malestar en la cultura con base en la mutación de los imperativos y las modalidades de satisfacción. En el contexto de las enormes transformaciones de nuestro tiempo, vamos a considerar ciertos efectos de esa mutación subjetiva que, entre otras cosas, son el resultado de la declinación del principio de autoridad y, consecuentemente, de la experiencia del límite.
En primer lugar, hacemos una especie de semblanza de lo que ha dado en llamarse el neo-sujeto posmoderno: errante, nómade, sin hábitos ni densidad, imprevisible y sin orientación definida. Un sujeto que parece venir en remplazo del "Hombre Nuevo" anunciado por los discursos emancipatorios, cuya llegada, sin duda, se ha demorado. En segundo término, reflexionamos sobre una hipótesis según la cual, ciertos ideales que han movilizado y sostenido el proceso cultural de la Modernidad, y han funcionado como anclaje del sentido de la existencia en un período dado, se han transformado en síntomas de la posmodernidad, en el contexto generalizado del estado de decepción. El surgimiento de ese neo-sujeto y la transformación de los ideales e imperativos en síntomas, son consecuencias de ciertos cambios que, en el transcurso de los últimos decenios, se han operado a nivel de los valores e imperativos culturales, representados por el superyó productivo-posmoderno.
El neo-sujeto posmoderno. En reiteradas oportunidades, hemos considerado las mutaciones que en los últimos decenios ha experimentado esa instancia que Freud nombra como "superyó de la cultura", y hemos planteado que esas transformaciones son el resultado de profundos cambios en el devenir histórico. En parte, su paulatina elaboración responde a un fenómeno socio-cultural y económico, correlativo de la ruptura del capitalismo respecto de la ética protestante, el desencadenamiento tecnológico de la Revolución Industrial, la instauración de un nuevo arte de gobernar, las políticas de producción de lo nuevo, la presión por el rendimiento, la nueva concepción del "homo oeconomicus" y del capital humano, la cultura del consumo de masas, la expansión de la ciber-modernidad y del capitalismo inmaterial. Todo ello en el contexto general de un cambio, mejor dicho, de un hundimiento de la "Weltanschauung" religiosa, y el desarrollo del discurso de la ciencia.
Según nuestro modo de ver, el superyó actual de la cultura exige satisfacciones, que presenta como elecciones y, como tal, impone como norma el sometimiento al goce desmesurado, a través de la producción sin límite de la propia satisfacción y el consumo –como práctica de apropiación– de un objeto cualquiera, sea un "gadget" o un semejante.
Desde mediados del último siglo, sobre todo, se ha producido paulatinamente una disolución del sujeto moderno instalado como ser singular y libre, pero responsable de sus actos, como consecuencia de lo cual se ha desmoronado el poder de lo político, de las ideologías, de las normas tradicionales y del principio de autoridad. Con el hundimiento de los discursos normativos se desmorona también la adhesión a sus valores, y aparecen fenómenos asociados al individualismo irresponsable: rechazo del esfuerzo y sacrificio personal, cinismo generalizado, violencia sin sentido. Ese colapso nos muestra un largo ciclo que va de un discurso marcado por la impronta de los ideales de ascetismo, disciplinamiento y renuncia al goce instantáneo y compulsivo, a otro signado por la flexibilidad de los límites, la transformación de las normas y las costumbres, la declinación del principio de autoridad, la inestabilidad de los anclajes simbólicos, las proclamas de liberación total y la desaparición de toda diferencia y disimetría en beneficio de una ficticia igualdad.
En el entorno de la posmodernidad que, entre otras cosas, se encuentra cautivado por lo marginal, lo aberrante y lo transgresor, el sujeto pospatriarcal se instala como una instancia paradójica que es libre y determinado a la vez: vaciado de profundidad y significación, exalta el valor del olvido, adhiere a la despreocupación y a la exaltación del placer, derivados de la superficialidad y la inmediatez. De acuerdo con lo que señala Lebrun, las nuevas patologías psíquicas, por un lado, tienen estrecha relación con un funcionamiento social que replica el régimen de lo materno, en vez de sostener la intervención paterna y, por otro lado, responden al hecho de que el sujeto, en rigor, el neo-sujeto, aprovecha lo que le ofrece el discurso social, para no asumir las consecuencias del rechazo de los límites.
No se trata de patologías que muestran una nueva estructura psíquica, sino de una nueva posibilidad de escamotear la función de los límites, y aprovechar lo que le facilita el discurso y el imaginario social para no tener que asumir las consecuencias. En síntesis, para considerar al neo-sujeto posmoderno, el autor focaliza dos aspectos: el funcionamiento de lo social, dominado por un régimen permisivo y políticas de exaltación de goce y de placeres, y el uso que se hace de ese discurso para evitar asumir las consecuencias del rechazo de los límites o de un orden de legalidad; vale decir, el no hacerse cargo de los efectos subjetivos por no asumir o rechazar la función de los límites, el coto a los excesos de satisfacción inmediata y compulsiva.
Las nuevas presentaciones clínicas, tal vez sean las variaciones patológicas del neo-sujeto que, avalado por lo social, rehúye integrarse a la ley paterna y obedece a los imperativos de goce desmedido del superyó cultural posmoderno, que exige siempre más y más satisfacciones. Así pues, en algunos casos, la vivencia de decepción resulta ser la consecuencia de "no gozar lo suficiente". En buena medida, la mutación en la subjetividad deriva del predominio de la relación con lo materno y de un cierto extravío en la orientación por el padre.
Las características de esta mutación, centrada exclusivamente en el goce inmediato y compulsivo, es la de sujetos que permanecen como hijos de la madre, evitan todo el trabajo de separación, tal como lo permite en este momento lo social, e incluso llegan a pensar que ese trabajo ya no tiene razón de ser. Se trata de un proceso paulatino de mutación de la subjetividad, como resultado de la declinación de la autoridad del padre, del lugar de la excepción, y el predominio del régimen materno que erosiona la experiencia del límite.
Por nuestra parte, lo consideramos el correlato de la progresiva instauración y la vigencia del superyó productivo-posmoderno como instancia de cultura, que impone el sometimiento al goce deslocalizado, inmediato, compulsivo, autista y sin orientación.
En palabras de Lebrun, el neo-sujeto es partidario de la positividad y participa de un imaginario social, donde mantener la omnipotencia infantil por vía de la ideología del niño-rey: se forma en una familia donde la obediencia ha sido sustituida por la negociación en un plano de igualdad con el adulto. Se ha olvidado que la infancia es un tiempo dedicado al proceso de subjetivación, de aprendizaje, de descubrimiento de lo real, de obligaciones y prohibiciones, y al hacer de un niño un rey, dice Lebrun, se le impide convertirse en ciudadano.
El neo-sujeto considera que el lazo social sólo puede organizarse a partir de él mismo, y por eso se ve llevado a vigilar a su entorno para que responda a sus propios intereses: lo real ya no es lo imprevisto irreductible, sino que se ha convertido en un traumatismo, en fuente de injusticias a reparar. Además, congruente con el espíritu de época, reivindica el poder de elegir por sí mismo, no descarta ninguna excentricidad, porque las considera testimonio de su creatividad y su autonomía.
Sólo la relación con el exceso, la inmediatez y la impulsividad como único recurso para conservar la satisfacción pulsional. Por eso su tiempo es el de la instantaneidad y la inmediatez del presente, como una suma de experiencias de goce.
Tal como invita lo social, se considera autorizado a evitar el trabajo de separación, de evacuación, de renuncia al goce compulsivo, e incluso cree que ese trabajo ya no tiene razón de ser. De allí que su patología no resulta de la conflictividad, sino de permanecer atrapado en lo mortífero. Un sujeto errante, nómade, sin hábitos ni densidad, siempre listo a tomar la oportunidad que se le presente, lo cual hace de su trayecto algo imprevisible y sin orientación ni identidad definida.
La dinámica y la economía psíquica del neo-sujeto, en el tiempo en que opera deficitariamente la organización constrictiva del patriarcado, está regida por el desmentido de los límites y de la autoridad, y sus consecuencias.
En el mundo inconsistente como el que tiende a promover la sociedad actual, la posición del que prohíbe está desacreditada e incluso anulada, de manera que el neo-sujeto captado en esa configuración socio-familiar, no se confronta con la obligación de renunciar al goce autoerótico y autista. A falta de contar con la exigencia de renuncia, el sujeto se encuentra consentido para evitar el trabajo y el esfuerzo de abstenerse, y de admitir una realidad traumatizante. De allí que el neo-sujeto se encuentra más bien invitado a objetar la necesidad de renunciar al goce. La vigencia del doble discurso actual de lo social, que propone gozar sin trabas y al mismo tiempo valorar la función del límite al goce, sostiene el extravío del neo-sujeto.
Al suscribir la remoción de los límites, lo social incita a suspender el trabajo psíquico de desasimiento del goce, que el sujeto debe producir para afirmar la primacía del deseo, como apuesta a un proyecto.
Las dificultades psíquicas especificas del neo-sujeto, resultan de la debilidad social de lo simbólico en beneficio de la promoción de lo imaginario. Al no poder ser simbolizado, todo aquello que se le presenta como exigencia, es captado imaginariamente como frustración, fracaso, violencia o trauma. El evitar confrontarse con la pérdida y la obligada renuncia al goce-todo, e inscribirse en la legislación paterna, permanece al amparo del régimen materno, y así queda detenido en una especie de limbo, sin devenir sujeto responsable.
Hay una conexión entre las nuevas subjetividades espumosas, y la configuración de sociedades translúcidas.
Está en juego un nuevo tipo de producción de individuos transparentes, fractales, diluidos en los otros y en la nada. En esas sociedades transparentes, el individuo ideal es permeable y frágil para poder flotar sin prejuicios. Se diluye por haber olvidado su límite, y da forma a un nuevo tipo de individualismo.
En lo respectivo al discurso social, se instala un descrédito de la posición del que prohíbe, del lugar de la excepción, se exaltan los beneficios de la transgresión, se pregona el acceso a la libertad sin limitaciones, y se invita a demorar o suspender el trabajo psíquico de desasimiento del goce y la omnipotencia infantil, que el sujeto debe producir para afirmar la primacía del deseo. El rechazo de los límites tiende a generalizarse a través de la promoción del igualitarismo y la admisión de las cosas más contradictorias. El neo-sujeto está a cargo de mantenerse en carrera por el goce que le es impuesto, y al que confunde con el deseo.
De ideales a síntomas: el giro posmoderno. El ambiente cultural de la posmodernidad, implica un estilo de pensamiento, incluso una pauta cultural que desconfía de las nociones clásicas de verdad, razón y objetividad, reniega de la idea de progreso universal, de los grandes relatos y de las explicaciones definitivas.
Hay una total aceptación de lo efímero, de la discontinuidad y la fragmentación, que suelen presentarse bajo la forma de valores como la transitoriedad, el cambio, la novedad y la diversidad.
Algunos autores, suelen calificar a la posmodernidad como una modernidad sin ideales.
Pero quizá no se trate de una pérdida, sino que estos han mutado, se han transformado y ya no se los reconoce como tales.
En la época en que predominaba el ideal de privación, el malestar resultaba ser el efecto de las renuncias y limitaciones impuestas por la cultura. En ese ideal, por ejemplo, se sostenía el propósito del sacrificio y del esfuerzo, y la postergación de la satisfacción en el ahora, para gozar en el futuro. En la actualidad, en cambio, el malestar se mantiene, entre otras cosas, porque a pesar de la promoción y la exaltación de un goce sin limitaciones en el ahora, no obstante, nunca resulta ser el suficiente. El deber-ser en la actualidad, no está articulado con el ideal de privación y postergación, que sostiene la seducción del deseo prometido a su realización, sino que está coordinado al imperativo de gozar, hoy y ya, de forma continua y sin limitaciones: el deber-ser sostenido por ciertos valores e ideales, ha experimentado una mutación, y lo que hoy predomina como mandato, e incluso como ideal de una vida feliz, se reduce al deber-gozar hoy sin dilaciones.
La declinación de la función paterna ha provocado una transformación en el superyó cultural de la época que, entre otras cosas, se ha desligado del ideal de privación e impone como mandato el deber-gozar sin espera, y sin limitaciones, en coincidencia con la demanda pulsional de satisfacción sin regulaciones. En la actualidad, pues, el superyó cultural se presenta como el buen compañero de la pulsión, a punto tal que sus exigencias, sus mandatos, y los valores que instala en la subjetividad, traducen las exigencias de satisfacción pulsional y con ello, el deber-ser parece haberse deslizado hacia el deber-gozar-ser el "homo felix" a cualquier precio. Aquí reside precisamente el fundamento del "impasse" ético en la actualidad.
Cuando en nuestra cultura operaba la función de autoridad paterna, el superyó cultural mantenía vigentes los ideales de privación, postergación y renuncia a la satisfacción inmediata y compulsiva. Dicho de otro modo, cuando operaba con cierta eficiencia el "no", era posible mantener una distancia simbólica que señalaba y enseñaba que no todo puede ser alcanzado por la voluntad de gozar de forma inmediata y compulsiva: en psicoanálisis, llamamos a esto, castración. Pero al declinar la función paterna, el "no", la prohibición, debe estar debidamente justificada, la prohibición debe estar acompañada con argumentos que puedan responder a ciertos cuestionamientos del estilo de "y por qué no". Sin embargo, es importante percibir esta sutileza: no es que ya no haya prohibiciones, sino que están conminadas a justificarse, y lo que no es necesario justificar es el permiso, el "haz lo que te plazca", que tiene algo así como la nueva evidencia del sentido común. Más aún, ese "y por qué no" suele transformarse en "por qué hay que cumplir las normas".
En efecto, en la actualidad hay una propuesta educativa en la cual se muestra el beneficio que se obtiene por cumplir las leyes y las normas, cuando en rigor la ley está hecha para ser cumplida independientemente de beneficios o perjuicios. Además, hay toda una prédica destinada a valorar el disfrute, la espontaneidad, el hacer lo que se siente y se desea, apoyada en la idea de que el malestar en la cultura deriva de las prohibiciones: lo curioso es que, cuanto más permiso para gozar, más asistimos a la deflación de la voluntad, de las ganas de conquistar algún logro. Tocqueville decía que cuando los hombres se entregan constantemente a la contingencia y labilidad diaria de sus deseos, renuncian a obtener lo que no puede adquirirse sin esfuerzos prolongados, y entonces, no hacen nada grande, importante y duradero. Vale decir que, cuanto más nos entregamos a la volatilidad del capricho de lo que hoy queremos, renunciamos a obtener mayores logros, como apuesta a la sublimación y la creatividad.
Las sociedades permisivas son aquellas carentes de absoluto y de trascendencia. El permiso para gozar, más aún, la prohibición de no gozar en la actualidad, propicia identidades múltiples y contingentes sometidas al capricho de la satisfacción. Sin embargo, cabe mencionar que no se trata de anhelar con nostalgia las épocas pasadas. El esplendor de la prohibición es propio de una época que ya no es la nuestra, en la cual la ley cedió ante el permiso y la tolerancia de las cosas más disímiles. En torno de estas cuestiones, pero desde otra perspectiva, Silvia Ons señala una suerte de paradoja consistente en que lo censurado otrora es ahora aceptado y en nombre de la tolerancia nadie tiene derecho a objetar los goces del otro; sin embargo, dice, tal aceptación es contemporánea de la intolerancia más extrema, con la violencia que se expande, los vínculos que se rompen, los lazos amenazados por la disgregación.
En este contexto, se puede estimar la mutación que han experimentado ciertos ideales y valores, por la cual han dejado de operar como orientación del deberser, para funcionar como sostén de ciertos síntomas.
Por citar algunos ejemplos, y más allá de su indudable valor como paradigmas de los derechos civiles y sociales, la libertad, la igualdad y la autonomía, en la actualidad se han vaciado de sus contenidos éticos y políticos, han mutado, y parecen funcionar como medios a los que se apela discursivamente para desmentir los límites, las diferencias y la alteridad, como nombres de la castración imposible de erradicar. En este sentido es que ciertos ideales, ya no operan como reguladores y orientadores. En efecto, en el ambiente cultural de la posmodernidad, se halla en marcha un trabajo discursivo que pregona la libertad de gozar sin limitaciones, predica la igualdad abstracta, tendiente a eliminar las disimetrías y las diferencias, y preconiza la autonomía absoluta sin ningún tipo de anclaje.
Cuando los ideales entran en un proceso de declive, dejan de funcionar como incitación a la sublimación, a la creación y al trabajo y, en su lugar, aparecen distintas formas de demandas de satisfacción en exceso, por fuera de todo régimen regulatorio.
Por ejemplo, la concepción política e ideológica de un sujeto autónomo, se ha transformado en la concepción de sujeto heterónomo que, sin embargo, necesita del mercado y de la asistencia tecnológica permanente. Las proclamas de igualdad encubren el rechazo al disenso, la disparidad y las jerarquías.
La supuesta liberación disimula la vigilancia y el control. En muchas ocasiones, la diversidad resulta desconcertante porque, en vez de experimentar liberación, el sujeto suele padecer a consecuencia del exceso de opciones. Más que liberar al individuo, las opciones se hacen tan complejas, difíciles y costosas, que producen el efecto contrario: el exceso de opción limita la libertad.
En el contexto socio-cultural del Otro que no existe, es importante considerar la función del síntoma. En efecto, cuando el ideal de renuncia operaba como referencia general del imaginario social, el síntoma, en cualquiera de sus formas, era el nombre de lo que no funcionaba. Pero cuando ese ideal entra en declive, ya nadie piensa al síntoma como una disfunción, sino como una forma de funcionamiento. En la actualidad, el ideal de renuncia en declive ha sido sustituido por imperativos que exigen y empujan a gozar siempre más, y a no renunciar a nada. Con esta torsión, el síntoma ya no es una disfunción, sino que se presenta como la respuesta a los imperativos de satisfacción sin límite, e incluso, en algunos casos se presenta como el testimonio subjetivo de no poder gozar o "disfrutar" lo suficiente. De manera que el síntoma puede ser considerado en una doble vertiente: o adopta la forma de la obediencia como respuesta a los imperativos de goce, o se presenta como el testimonio de una falla subjetiva, por no estar a la altura de cumplir con determinados mandatos del superyó productivo-posmoderno. El imperativo de "hacer lo que te plazca", por caso, promueve síntomas –ya no como disfunción, sino como modo de funcionamiento– relativos a la desmesura, la corrosión de los límites y los excesos de todo tipo, incluida la violencia. El imperativo de "ser felices todo el tiempo" y a cualquier costo, conduce a evadir el dolor y la tristeza, y promueve síntomas relativos a las depresiones, interfiere en el trabajo de elaboración de los duelos, torna dramático el encuentro con las exigencias de la realidad o hace de cualquier frustración un fracaso insoportable.
El imperativo de autenticidad, bajo la forma de "sé tú mismo", estimula el ideal de personalización, de mostrarse "tal como uno es" –aunque dentro de un molde de estandarización– promueve la moda de la espontaneidad, exalta la estética del narcisismo y de la imagen del cuerpo, junto al exhibicionismo, y hace un síntoma de toda conducta que hace reserva de privacidad.
En este contexto, el síntoma debe considerarse en el ámbito de las consecuencias del rechazo de la castración; vale decir, del rechazo de los límites y las diferencias, y de la distancia simbólica que indica que no todo puede ser alcanzado por la voluntad de goce. Para exponerlo de otro modo. La neurosis es la respuesta sintomática a la inscripción de la castración como amenaza por gozar. Los síntomas actuales, algunos de ellos, ajenos a la órbita de las neurosis de transferencia, son la consecuencia del rechazo de la castración como límite al goce; más aún, puede decirse que son la consecuencia de haber creído que el goce puede recuperarse, puede reintegrarse en su totalidad.
La aspiración a recuperar el goce pleno y absoluto, la satisfacción sin limitaciones, significa ir en contra de esa imposibilidad o no saber arreglarse con lo que no hay, con cierto vacío en el orden de la satisfacción.
Gran parte del discurso del imaginario social en la actualidad, responde a una economía en la cual la sustracción de goce se ha retirado del programa de la cultura: una economía que ya no está estructurada en base a la carencia, la renuncia, la pérdida o el límite, que permitiría inscribir el lugar del vacío creador y su potencialidad deseante, sino sostenida por la ilusoria disponibilidad y diversidad de los objetos al servicio de la satisfacción.
Para hacer que la enorme diversidad de los objetos y productos funcionen al servicio de la satisfacción, debe lograrse cierta docilidad para que el sujeto se disponga a todo tipo de experiencias de goce. Para lograr que la nueva diversidad y disponibilidad de los objetos funcione en favor de la satisfacción de la sociedad, Toffler sugiere algo verdaderamente llamativo e incluso, alarmante, que consiste en algo así como una transformación, una manipulación del superyó cultural. Por ejemplo, dice que se necesitan cambios en muchos niveles, incluida la moralidad. En el terreno de los valores, sugiere Toffler, hay que eliminar el injustificado sentimiento de culpa: los medios de comunicación, los tribunales y el sistema político, deben esforzarse en reducir el nivel de culpabilidad. El autor ve aquí el desarrollo de una ética de la tolerancia ante la diversidad. De manera que tolerar la diversidad, en muchos aspectos, parece tener como condición modificar ciertos preceptos y valores para eliminar la culpa, como en su momento, según las evidencias, se ha hecho con la vergüenza y el pudor. Esta sugerencia, por lo demás, es el testimonio de una práctica de programación y manipulación, para introducir modificaciones en el superyó de la cultura y, consecuentemente, en la economía psíquica y libidinal.
El modelo del consumo, según lo destaca Silvia Bleichmar, está planteado de modo que la insatisfacción sea constante en un circuito que incrementa la voracidad por los objetos, a su vez, insatisfactorios.
En la voracidad hay una insatisfacción existencial, definida por una cierta posición del sujeto respecto de aquello que lo deja insatisfecho: es un deseo insaciable que excede lo que el sujeto necesita. La voracidad debe pensarse a través de un conjunto de representaciones incrementadas al infinito por la sociedad del consumo, que se observa en el hecho por el cual los objetos propuestos son insatisfactorios, en la medida en que se van consumiendo mientras se van produciendo. Hay un discurso que incrementa permanentemente la voracidad, y genera la fantasía de que el próximo objeto va a producir saciedad.
Pocas veces se ha visto un desarrollo tecnológico tan claramente al servicio de la estimulación del goce, que es una nueva forma de crueldad del poder. Según Donskis, la esencia del control en la cultura contemporánea, consiste en inducir en el individuo un deseo y un anhelo inexorable, porque eso equivale a despojarlo de su capacidad de autocontrol y apropiarse de su dignidad. Se han despertado en él sus deseos y se sabe qué es lo que anhela, cómo se lo puede seducir y hacia dónde dirigirlo.
Ahora bien, así como la producción y el consumo de novedades como prácticas, están organizadas alrededor de una nueva categoría del Ser, y están movilizadas por una secreta valoración evolucionista, así también su aceleración, cada vez más vertiginosa, parece responder a un fenómeno correlativo de la disolución de las lealtades. Dicho de otra manera. Por un lado, lo nuevo en cuanto tal se inscribe como una categoría del Ser, que condensa una secreta valoración ética como representación del Bien y, por otro, en forma correlativa, se necesita que el sujeto no se comprometa con ningún objeto en particular, vale decir, no comprometa su lealtad para que el ritmo de producción y consumo continúe su aceleración de manera permanente.
Como parte del proyecto de la posmodernidad, ya nadie pertenece a nada durante toda su vida y, por tanto, cada uno es libre de elegir su forma de comunidad, sus asociaciones y organizaciones. No existe una única forma de elegir estilos de vida, y eso constituye una verdadera revolución en la existencia: se crean vínculos que ya no están prefigurados por la clase, la fe y la tradición. Así pues, surge la ilusión de que cada uno puede convertirse en lo que quiere, y cuanto más débiles son los poderes de la comunidad, más se busca una identidad individual bajo la forma de una máscara. En este contexto, la lealtad y la traición, resultan ser aspectos de las relaciones humanas cada vez más difíciles de reconocer, nombrar y definir. Se trata de conceptos que ya no estimulan, no aportan experiencias profundas.
La lealtad se ha transformado en algo anticuado, moralmente incómodo, rígido y poco operativo. Para los gurúes de negocios o las revistas de moda –dice Donskis– la fidelidad significa debilidad, aversión al riesgo y temor al cambio. En un mundo de vínculos intermitentes, la deslealtad no sorprende, y cuando la fidelidad deja de ocupar el centro, la traición pasa a ser la norma despojada de su valoración moral: la traición, al parecer, se ha convertido en norma y virtud de la política contemporánea, efímera y situacional. Ese tipo de vínculos intermitentes, parece ser la expresión de lo que Illouz denomina elección marcada por el rechazo, la evitación o el abandono de compromisos en nombre de la libertad o la realización del yo: una suerte se sociabilidad negativa como expresión de las ideologías contemporáneas sobre la libertad.
Así pues, la libertad personal se ejerce por vía del derecho a no involucrarse en las relaciones –amorosas o laborales– o desvincularse de ellas en cualquiera de sus etapas, que demuestra una analogía entre la historia del capitalismo y la historia de las formas románticas.
En la cultura posmoderna, se ha producido el derrumbe de las historias románticas totalizadoras y eternas, y se han comprimido en un formato breve y repetible bajo el modo del amorío. En efecto, la estructura del amorío –término ya obsoleto, pero vigente en su formato– presenta afinidades con las emociones y valores culturales del consumo: su carácter transitorio y placentero, novedoso y excitante, lo han transformado en una experiencia posmoderna por excelencia. Así como el consumo está dominado por la búsqueda de excitación y novedad, también el amorío está guiado por iguales anhelos; representa una práctica que se sostiene en la lógica del consumo: elección, novedad y repetición, bajo la forma de lo que hoy se conoce como "poliamor".
De acuerdo con nuestra lectura, todo este proceso de reciclaje ético, con sus nuevos formatos de vinculación, resulta ser funcional al imperativo de productividad y al culto de lo nuevo, acompañados del deber-gozar sin compromiso ni fidelidad, extendido incluso al vínculo con el partenaire, bajo el eufemismo del "poliamor", en el que precisamente se disimula la obediencia al mandato.
Para que el ritmo de consumo y circulación de los objetos, y consecuentemente del capital, sea cada vez más acelerado, deben instalarse alrededor del sujeto puntos de anclaje para sostener un nuevo universo de sentido, capaz de alentar las identificaciones con los mandatos del superyó productivoposmoderno.
En efecto, así como la tradición y la abstinencia, han operado como obstáculos a remover para el avance del progreso; la lealtad, el compromiso y la fidelidad como valores, deben ser suplantados por habilidades disponibles para el cambio permanente de objetos y relaciones, funcionales a una moral propia del nuevo superyó cultural posmoderno, que impone un goce polimorfo, efímero y frugal por lo nuevo. En el fondo, se trata de una mutación del espíritu del capitalismo, y su actual pauta cultural, el posmodernismo, para sostener la adhesión a los mandatos de este nuevo superyó cultural.

* Psicoanalista. Profesor en la Universidad del Salvador y en la Universidad Católica de las Misiones. "La cultura por el síntoma. Una lectura clínica de la posmodernidad" (Letra Viva), es su último libro.







En el mundo inconsistente que promueve la sociedad, la posición del que prohíbe está desacreditada.

Lo real se ha convertido en un traumatismo, en fuente de injusticias a reparar.

El ambiente cultural de la posmodernidad reniega de los grandes relatos y las explicaciones definitivas.

Hay un discurso que incrementa la voracidad y la fantasía de que el próximo objeto producirá saciedad.

La libertad personal se ejerce por vía del derecho a no involucrarse en las relaciones.



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