13/09/2021 Clarín - Nota - Opinión - Pag. 45

TRIBUNA
Educación: las preguntas cambian, las respuestas escasean
Mariángeles Castro Sánchez

Directora de estudios del Instituto de Ciencias para la Familia, Universidad Austral

Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. Atribuida a Mario Benedetti, esta frase parece sintetizar el problema de la educación en Argentina. Hay un desajuste entre las arcaicas respuestas que los docentes repetimos como un mantra y las nuevas preguntas que los estudiantes nos formulan y que traducen sus intereses más genuinos.
Aferrados a un conocimiento presuntamente experto, pero limitado, a un libreto cada vez más insuficiente, nos plantamos frente a un colectivo que hackea las estructuras desde sus capas más profundas.
Fuimos, hace un par de semanas, testigos y agentes de una viralización que nos conectó con un aula del conurbano, en la que una profesora vociferaba, gesticulaba y hasta amenazaba a un joven por exponer sus ideas.
Estos estados alterados, estas escenas propias de una parodia, de una caricatura grotesca, serían desopilantes si no fueran dolorosamente trágicas.
Había violencia en su comportamiento, intolerancia en sus palabras, tiranía en sus ademanes.
Lejos de la disposición del formador y cerca, peligrosamente cerca, del despotismo del pensamiento único.
En la antigua Grecia, quien cometía un exceso de arrogancia caía en hybris. En la Hélade esto desataba la ira de los dioses; en nuestro medio, el asombro del público que asiste impávido al espectáculo. Y el precio de esa desmesura es alto. Es seguir gestando generaciones agrietadas, es continuar desencontrándonos, abonando el terreno de la incomprensión en el seno de una sociedad golpeada y dividida.
Aquí se recorta blanco sobre negro la falta de diálogo endémica en el país, mientras las incoherencias se exacerban por situarse en un entorno educativo formal, donde tendrían que estar dadas las condiciones para que las conversaciones fructifiquen.
A que se promueva la reflexión y se desarrollen habilidades socioafectivas que nos posibiliten trabar vínculos saludables a lo largo de la vida -incluso con quien piensa distinto-, deberían encaminarse los esfuerzos en el plano académico. La realidad nos advierte que perdimos la brújula.
Sabemos que detrás de cada docente hay siempre un marco teórico referencial, un background desde el que cada persona se proyecta.
Tampoco escapa a la observación que existe un currículum explícito, en el que el sistema se encuadra, y uno oculto, que subyace al primero y que también está anclado en una determinada perspectiva.
Al mismo tiempo, reconocemos que la pasión es necesaria en la docencia. Que hay una educación invisible y una pedagogía visible, encarnada en las dinámicas áulicas. Y que esa educación invisibilizada, pero potente, opera por otros carriles: enseñamos con nuestras acciones y con nuestras actitudes. Nuestro ser impacta en las subjetividades estudiantiles quizá más que los relatos.
Todo indica, entonces, que tenemos que enseñar a dialogar dialogando. Porque en la escuela esta apertura es fundamental para producir contextos en que los aprendizajes sucedan. Tendiendo puentes y desmontando falsas asimetrías basadas en un uso autoritario del poder.
Desterrando los abusos y los simulacros, desplazando las representaciones vacías, poniendo en común nuestras historias y abriéndonos a la escucha del otro, aunque se muestre extraño a nuestros saberes y expectativas.
Porque aún en la diversidad, vale empatizar.
La empatía es una capacidad clave para la creación de comunidad, sin lo cual los actos educativos no son más que narrativas ficcionales enclavadas en un ambiente en el que, irremediablemente, las preguntas cambian y las respuestas escasean.


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