23/02/2021 El Economista - Nota - Economía - Pag. 7

Los argentinos tenemos una relación conflictiva con el futuro. Pasamos la mitad de nuestro tiempo mirando el pasado, y la otra obsesionados con el presente, pero nos olvidamos de dejar un rato para pensar en el futuro
Argentinos a las cosas
AUGUSTO SALVATTO

José Ortega y Gasset llegó a Argentina cuando todavía era común que en su España los jóvenes quisieran cruzar el charco en esta dirección. Cuando en Buenos Aires se veía a la península ibérica como un lugar atrasado e inculto, y cuando era habitual escuchar por las calles de París la frase “rico como un argentino”, un juego de palabras para referirse a alguien de mucho dinero. Lloremos.
En sus varias visitas durante la primera mitad del Siglo XX, Ortega dejó reflexiones llamativamente certeras sobre el ser nacional de los argentinos.
Pero quizás la más recordada fue en 1942, cuando pronunció un discurso que se tituló “Meditaciones sobre el pueblo joven”.
En esa conferencia acuñó la famosa frase “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas!”, que vale la pena leer en su contexto. “Mi prédica que les grita: ¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos (durísimo). No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva (JA!), de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal.” Si Ortega pudiera vernos hoy, 78 años después del famoso discurso, casi con seguridad pronunciaría la típica frase de excompañero del secundario mala leche: “¡Pero si estás igual!”.
La obsesión con el presente Los argentinos tenemos una relación conflictiva con el futuro.
Pasamos la mitad de nuestro tiempo mirando el pasado, y la otra obsesionados con el presente, pero nos olvidamos de dejar un rato para pensar en el futuro. Miramos el pasado con añoranza y desprecio al mismo tiempo: lo que fuimos, y lo que no pudimos ser gracias a otro.
Buscamos culpas, culpables, y momentos en los que todo dejó de ser color de rosas. Si es que alguna vez lo fue.
Para Andrés Oppenheimer, la obsesión con el pasado es la principal problemática generalizada en los países latinoamericanos, pues mientras otros gobiernos están preocupados por innovar de cara al futuro, nosotros nos dedicamos constantemente a generar debates sobre nuestra historia en una especie de pasión necrológica que consume buna parte de nuestra energía política.
Jorge Lanata escribió alguna vez “soy argentino porque espero”. Esperamos que vuelva el líder, que termine la dictadura, que baje la inflación, que llegue la vacuna, las elecciones, o el verano. Esperamos porque creemos que nosotros no podemos hacer nada. Que el rumbo del país pasa por otro lado, y que como individuos solo podemos quejarnos, en voz baja desde el asiento de atrás de un taxi, escondidos detrás de un avatar de Twitter o con una cacerola en una plaza. Pero el punto es quejarnos, sin proponer. Porque quejarnos es parte del presente, pero proponer implica mirar hacia el futuro.
¿Y el futuro? Sin el aporte de lo nuevo y mirada de futuro, las sociedades terminan por autodestruirse en su propio estancamiento.
Ninguna cultura, milenaria o joven, puede vivir del pasado.
Y menos en este momento de la humanidad. Se calcula que la cuarta revolución industrial (que estamos viviendo) tendrá un impacto 3000 veces mayor a todas las anteriores juntas. Si la primera y la segunda moldearon el mundo en que vivimos hoy, la democracia, el sistema educativo, la forma de trabajar, el trazado urbano, las costumbres y las relaciones sociales, podrán imaginarse cómo cambiará el mundo en los próximos años. De hecho, ya lo está haciendo.
Aceleradamente.
¿Cómo vamos a capacitar a las futuras generaciones en habilidades digitales? ¿De qué van a trabajar los argentinos del futuro? ¿Cómo deberíamos reformar el sistema educativo? ¿Qué es agrifoodtech? ¿Cuál es el mejor sistema de representación para las sociedades actuales? Todas estas cosas, que se están debatiendo en el mundo, brillan por su ausencia en el debate público argentino. O peor: son tomadas superficialmente para defender algún bando de nuestro eterno River-Boca. Es por esto que hoy estamos de estreno. Decidimos inaugurar una columna que aborde temáticas cruciales para las sociedades del futuro, y eluda nuestra obstinación con el presente.
“No garpa”, “No vende”, “Acá vende el conflicto”. Sisi, ya te vimos, diría Mona Simpson ante un Homero desesperado por llamar la atención. No se ustedes, pero yo me niego a vivir en una sociedad que solo se enfoque en lo que garpa. Quizás en dos semanas solo seamos usted y yo los que leemos estos párrafos. Igual valdría la pena.
Este segmento, que me enorgullece encarar, llevará el título de esta primer columna.
Aunque debo admitir que es doblemente robado, y un académico honesto tiene la dignidad de citar lo que roba. Por un lado, y evidentemente, a José Ortega y Gasset, por su genialidad teórica y su capacidad de poner en palabras algo tan complejo. Por otro lado, a Lourdes Puente, directora de la EPG-UCA, que logró escapar a la coyuntura del 2020 organizando un exquisito espacio de debate multidisciplinario y multipartidario. Ambos son inspiraciones para estas líneas.
Y extiendo por esta vía el agradecimiento.
Nosotros, querido lector, nos leemos en 15 días. Que, en Argentina, ya son largo plazo.
Esperemos que, en este tiempo, nuestra obsesión por el presente no logre taparnos lo importante.
Por eso, y una vez más, #ArgentinosALasCosas.


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